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28 de abril de 2011

Una convocatoria literaria. Este jueves un relato. Historias de radio.

Para hablar de la radio tengo que remitirme obligatoriamente a los años de mi adolescencia, ya que  mi alejamiento de este medio de comunicación desde esos  lejanos años, corre parejo con el acercamiento a la prensa escrita y a la televisión. 

Sin embargo, este alejamiento no ha logrado borrar el entrañable recuerdo de una radio  escasa en medios pero rica en creatividad.

Las principales emisoras españolas contaban con su propio cuadro de actores que daban vida por igual a radionovelas surgidas de la mente de guionistas como Guillermo Sautier Casaseca, con títulos como “Ama Rosa” o, en el extremo opuesto,  a obras de Shakespeare o Ibsen.  Entre esa pléyade de actores todoterreno,  acuden a mi memoria nombres  como el de Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa o Juana Ginzo.

Importantes fueron en aquellos tiempos programas de corte solidario como “Ustedes son formidables”, conducido magistralmente por Alberto Oliveras u Operación Plus Ultra, destinado a homenajear a niños que habían destacado por algún hecho heroico o solidario.

Programas de variedades como “Cabalgata fin de Semana” presentada por Bobby Deglané o el espacio de Pepe Iglesias “El Zorro”, capaz de dar vida con su versatilidad vocal,  a múltiples personajes con un considerable sentido del humor.

 Aunque mi intención es referirme a un programa concreto de la emisora EAJ-24  Radio Córdoba, absorbida desde hace mucho tiempo por la SER. Un programa que seguramente no pasará a la Historia de la Radio, pero que fue entrañable para muchos cordobeses. Se trataba de una subasta radiofónica que duraba varios días de las cosas más variopintas del mundo. Todo valía. Desde unas entradas para cualquier espectáculo, hasta una obra de arte, o la puja porque cantara algún popular personaje de la vida cordobesa.

Fue su impulsor un personaje singular, irrepetible, tremendamente humano. El importe de esas subastas iba íntegro a los fines perseguidos por él. Sirva mi entrada para rendir un pequeño homenaje a su extraordinaria labor.

Bonifacio Bonillo, religioso de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, llegó a Córdoba en 1935 para ayudar a sus Hermanos en el proyecto de crear un Hogar y Clínica en el que socorrer y asistir a un segmento marginado de población, niños sin recursos que padecían secuelas poliomielíticas, malformaciones congénitas o adquiridas, osteomielíticos, y niños afectados por parálisis diversas. Fue el embrión de lo que hoy es una magnífica realidad, el Hospital de San Juan de Dios.

Ejerció de limosnero hasta el mismo momento de su fallecimiento en 1978 con tanto ahinco y acierto, que su extraordinaria labor fue reconocida por todos los cordobeses sin excepción,  habiéndole sido otorgada la Cruz de Beneficencia por su entrega sin límites. Podríamos haber de él con propiedad, gracias a esta distinción, como de Excelentísimo limosnero, si no fuera porque le cuadraban mucho mejor a su modestia apodos como “El sablazo de Dios”  o Fray Garbanzo, por los que era conocido. 

Su fecundo quehacer, está salpicado de anécdotas que trazan una magnífica semblanza.
Era habitual verlo, con su viejo hábito y su descolorido sombrero, sentado en la terraza del Círculo Mercantil, del Círculo de Labradores, en las cafeterías  Ivory  o Savarín, a la espera de sus ricos parroquianos que, cosa extraña, no solían esquivar su presencia  sino que frecuentemente se acercaban a hacerle donativos para “sus niños”. 

Si era invitado a café o cerveza, pedía para él un vaso de agua y para sus niños el importe de la consumición.
Su viejo Land Rover conocía a la perfección todos los caminos de la campiña y la sierra cordobesa. En ellos se adentraba para llegar a fincas y cortijos en busca de donaciones. Todo servía para sus fines humanitarios: Trigo, aceite, huevos, fruta, animales. Se cuentan de él pequeños engaños, seguramente fruto exclusivo de la imaginación popular, como añadir algún cero a vales de conformidad expedidos por los terratenientes para que fueran atendidos por los capataces. De esta forma, “vale por 1 saco de…”,  se convertía en “vale por 10 sacos de…”. Un hecho sin duda insignificante para el benefactor, pero muy importante para él.

En cierta ocasión se presentó en una cacería en la que se encontraban Franco y Hasan II, saludó, enseñó las fotos de "sus niños", del incipiente Hospital y Franco le dijo: "Hermano ¿todo esto se hace pidiendo?". "No, Excelencia, contestó, esto se hace dando.

Gracias a aportaciones como las de esas subastas radiofónicas, o las de comerciantes, agricultores, ganaderos y de la sociedad cordobesa en su conjunto, no solo consiguió levantar el Hospital, sino que abarató costos, negoció plazos y pagos con constructores y proveedores   al mismo tiempo que velaba por sus niños.

Una de aquellos niños fue mi mujer. Toñi quedó  afectada por la poliomielitis en las piernas  a los dos años de edad. En San Juan de Dios fue tratada durante varios años e intervenida  quirúrgicamente en varias ocasiones. Gracias a ello, aunque coja, pudo volver a caminar.

 En alguna ocasión me ha contado cómo con motivo de una de esas intervenciones tuvo que quedar ingresada en el Hospital. El Hermano Bonifacio la llevó a su casa y se recuerda a sí misma como algo diminuto y frágil acurrucada en los brazos poderosos de aquel hombretón, mientras le oía preguntar en mitad del patio ¿de quien es esta cojita? sin que esta frase le sonara ofensiva, sino plena de afecto y cariño. 

He querido recordar con vosotros este episodio, junto con la semblanza del Hermano Bonifacio, para destacar cómo la radio oficial, tantas veces mediatizada al servicio del poder político en aquella época de postguerra, supo encontrar también resquicios para prestar servicios inestimables a la sociedad.

Fuentes consultadas: Google, Wikipedia

Más "seriales" radiofónicos en el blog de GUS

13 de abril de 2011

Una convocatoria literaria:Este jueves un relato: relato histórico.




Este relato sólo tiene de histórico la ambientación, pero me apetecía enormemente situar una historia en el contexto de la Córdoba califal, concretamente en Medina Azahara. Os dejo este relato, algo extenso, apelando a vuestra comprensión y con la esperanza de no cansaros demasiado.


LAS LAGRIMAS DE ALA

Agotado, harto ya de deambular sin rumbo, a solas con sus pensamientos durante toda la noche, recaló en aquella taberna cercana a la Mezquita Catedral.

Necesitaba olvidar y pensó que tal vez la bebida fuera un bálsamo adecuado para difuminar  las ideas que, de forma obsesiva, acudían una y otra vez a su torturada mente.

La taberna estaba ubicada en una calle cercana a la Mezquita, en plena judería cordobesa. Era un magnífico exponente de la taberna antigua. Un mostrador al fondo, de madera barnizada, desgastado por el tiempo, con marcas de colillas mal apagadas en sus bordes, pero brillante por el uso. En la pared del fondo, empotrados en ella, con sólo la tapa de los mismos sobresaliendo, tres grandes toneles de vino. Por encima de ellos, estanterías con antiguas botellas de las más variadas bebidas. En las paredes laterales, carteles de feria, fotos de toreros y cabezas de toro disecadas. Pequeña, de mobiliario humilde, pero limpia, muy limpia.

Apoyado en la barra, las dos primeras copas de brandy fueron apuradas de un solo trago. Después, la tercera la fue consumiendo lentamente mientras que, con la mirada perdida,  rememoraba todo lo acontecido en su vida durante los últimos dos días. 

El tabernero era un hombre de considerable edad, casi anciano. En su rostro, la expresión de aquel que se ha curtido en el trato con todo tipo de clientes la mayor parte de su vida. Esa experiencia fue la que le llevó a preguntar abiertamente a aquel extraño cliente por el motivo de su tristeza.

Tal vez fue por la cantidad de alcohol ingerida unida a su falta de costumbre, o porque el solícito tabernero le inspiraba confianza,  o quizás porque necesitaba una válvula de escape para sus atormentados pensamientos, pero lo cierto es que, a corazón abierto, habló sobre su vida y sobre los motivos que le habían conducido a su actual estado de ánimo.

Rememoró los tiempos en que con tan sólo unas pocas pertenencias, llegó a Córdoba con la esperanza de lograr una vida mejor, de la trágica muerte de su mujer, de sus años de dura lucha para sacar adelante y dar una esmerada educación a su única hija.

Aunque la congoja hacía que las palabras le salieran entrecortadas, estas rebosaban  amor y orgullo de padre. Habló de sus desvelos, de cómo la había visto crecer, de cómo a fuerza de sacrificios había conseguido que tuviera una sólida formación humana y académica, estando a punto de terminar sus estudios de Medicina.

Llegado a este punto, finalmente le confesó al tabernero el motivo de su tristeza.

Su princesa, su niña, le había contado que estaba enamorada de un joven de color, emigrante ilegal, sin permiso de residencia, de religión musulmana, actualmente sin trabajo, del que se había quedado embarazada. Le comunicó su decisión de posponer para más adelante la continuación de sus estudios y el deseo de ambos de buscar trabajo urgentemente, para lograr la independencia económica e irse a vivir juntos de forma inmediata.

Su respuesta ante tal cúmulo de nuevos acontecimientos que chocaban frontalmente con los proyectos de futuro y con los sueños largamente acariciados para ella, fue intransigente, colérica y visceral. Fuera de sí, le pidió, más bien le exigió, que abandonara a ese chico y que se deshiciera de la incipiente criatura que albergaba en su vientre.

La reacción de la joven fue fulminante. Abandonó la casa paterna con honda tristeza, pero con firme determinación. El la había educado, le había dado esa fuerza de carácter y sabía que no retrocedería ante nada ni nadie, ni siquiera por el.

Desde entonces, se debatía entre el deseo de ir en su  busca para acogerla y darle protección como siempre, la obstinación en pensar que había actuado de la mejor manera en defensa de los intereses de ella y la honda tristeza que le provocaban la frustración de sus esperanzas y el presagio del futuro incierto y duro que le intuía.

Al término de este relato, el tabernero con una sonrisa comprensiva y echándole el brazo por los hombros, le hizo una extraña proposición. Le dijo que si no tenía prisa, le gustaría mostrarle algo en el patio de su casa. Extrañado, asintió. Después de cerrada la taberna, ambos atravesaron  un pequeño corredor que daba acceso al patio interior de la vivienda.

Este era un espacio porticado al estilo de los viejos patios de las casas cordobesas. En sus paredes, blancas de luz y cal, decenas de macetas ponían el contrapunto de color a tanta blancura y le aportaban belleza y serenidad.

En el centro del patio un pozo dotaba de frescor al conjunto. En uno de los extremos del mismo,  crecía aquello que el tabernero quería mostrarle.

Se trataba de una planta de tallo leñoso cuyas flores lucían sencillamente hermosas. De color rojo y textura aterciopelada, sus pétalos estaban salpicados de máculas azul celeste cuya forma se asemejaba a la de las lágrimas. El intenso aroma que desprendían, resultaba embriagador.

Para contarle la historia de esta planta, -dijo el tabernero-, necesitamos viajar con la imaginación a las estribaciones de nuestra sierra, concretamente a Medina Azahara, y remontarnos en el tiempo hasta el año 965.

En el edificio destinado a vivienda de los visires, en esta hermosa ciudad palatina residencia de Abderramán III y de su hijo Alhakén II, vivía Zoraida, bellísima joven hija del gran Visir Ya´far, mano derecha del califa.

Era tanta la adoración que el Visir sentía por su hija, tanto el miedo a que le ocurriera algo malo, que extremaba su celo teniéndola poco menos que enclaustrada en sus habitaciones sin más compañía que la de una doncella y sin más visitas que las de los profesores que la instruían en las distintas disciplinas artísticas de la música, la danza,  la poesía, o el canto.

Se asomaban estos aposentos a un extenso y cercado jardín repleto de rosales, jazmines, plantas aromáticas y árboles frutales como naranjos o limoneros.  

Al cuidado de tan hermoso vergel, estaba Hakîm,  joven, apuesto y enamorado de Zoraida a la que veía asomarse frecuentemente a la ventana a contemplar el jardín, pero sin mostrar ningún signo de interés o desinterés por su persona.

Una noche, espoleado por ese amor que lo consumía, tuvo la valentía, el coraje o la insensatez de arrojar a los aposentos de la princesa una rosa y, envolviendo su tallo, un poema de amor.

Pasó todo el día siguiente con el corazón en un puño. Había puesto su vida en peligro, pero no le importaba. Temía mucho más la reacción adversa de Zoraida ante tamaño atrevimiento, pero nada de esto sucedió. Por el contrario, al atardecer, su dama se asomó a la ventana mostrando una complacida sonrisa  que iluminaba su semblante.

Desde ese instante, se sucedieron los poemas, las miradas, las sonrisas cómplices, los encuentros a hurtadillas con la colaboración de la doncella, la felicidad de ambos y finalmente, el embarazo de Zoraida.

Por mucho que quiso ocultarlo, llegó el momento terrible que ambos esperaban y temían. El Gran Visir se enteró, montó en cólera, le arrancó por la fuerza el nombre de su enamorado y allí, en el jardín testigo de tantos momentos de entregada pasión, acabó con la vida de Hakîm.

En la fértil tierra, se mezclaron las amargas lágrimas de los azules ojos de Zoraida, con la sangre del apuesto jardinero.

La desconsolada joven se dejó morir de inanición, negándose a comer y a vivir ante la desesperación de su padre que asistió impotente a la muerte de su hija. Nefasta consecuencia de su incomprensión y de su ira.

En el sitio donde ambos se amaron y Hakîm murió, el arrepentido padre enterró a los enamorados juntos, unidos para siempre. En la siguiente primavera, en el jardín ya abandonado, justo en el sitio donde los amantes fueron enterrados, brotó una planta desconocida hasta entonces, preciosa y extraña, igual a esta que ahora contemplamos en mi patio.

La imaginación popular le puso el nombre de “Las lágrimas de Alá”, pues aseguraban  que Alá también lloró, y que sus lágrimas se mezclaron con las de Zoraida y con la sangre derramada de Hakîm, al ver como la intolerancia de un ofuscado padre, había acabado con sus designios de unir a un humilde jardinero con una noble y hermosa joven.

Terminada la historia, un sincero abrazo selló la despedida del atribulado padre. Conmovido, volvía a su casa más sereno con la idea de rectificar el daño hecho, pensando que la felicidad no siempre sigue el camino que nosotros nos empeñamos en trazar.

Al cabo de un tiempo, con su hija felizmente casada, nuestro protagonista volvió sobre sus pasos para mostrarle al tabernero su agradecimiento. Estuvo dando vueltas infructuosamente en la búsqueda de la antigua taberna, pero no halló ni rastro de ella. Cuando estaba a punto de abandonar, el neón de una moderna cafetería se encendió e iluminó su rostro. “Las lágrimas de Alá”, era el nombre de aquel establecimiento. Entró para confirmar sus sospechas. Nada que recordara a una vieja taberna, a un amable y sabio tabernero, a un viejo y florido patio. 

Pepe.
Más encuentros y desEncuentros con la Historia en el blog de GUS

2 de abril de 2011

Cosmopoética - Córdoba se impregna de poesía

Francisco J. Serrano de la Vega  (magnífico poeta y un buen amigo).

Desde el 14 de Marzo hasta el 10 de Abril, Córdoba se impregna completamente de poesía de la mano de una de las más importantes citas existentes en la actualidad sobre poesía. Cosmopoética celebra ya su octava edición.

Menciono que Córdoba se impregna de poesía y no es una figura retórica sino una espléndida realidad. La poesía se instala en los autobuses urbanos, en las calles y plazas cordobesas, en las aulas de la universidad, en institutos, colegios, teatros, comercios, bares, pubs, tabernas, por la mañana, tarde y noche, en forma de seminarios, mesas redondas, lecturas en directo, conferencias, charlas,  homenajes, videopoemas y un sinfín de actividades.

En 600 balcones de la zona histórica de la ciudad, los geranios y las gitanillas ceden parte de su espacio a otro tipo de belleza, la que se puede leer y sentir en versos escritos sobre pequeñas lonas en ellos colocadas. El año pasado fueron dedicados a Miguel Hernández. Este año, a lo mucho que esta ciudad ha inspirado a lo largo de los tiempos a tantos poetas.

Puedo decir que hasta los árboles se suman al evento. Hoy mismo, los naranjos que se encuentran en la zona del Alcazar de los Reyes Cristianos y la Mezquita Catedral, amanecieron gracias a un trabajo bien realizado con nocturnidad e ilusionada alevosía, con cientos de poemas colgando de sus ramas. Poco a poco, los paseantes, sorprendidos primero, agradecidos después, han ido desposeyendo a los árboles de ese precioso tesoro.

En esta ocasión, Cosmopoética rinde homenaje a D. Luís de Góngora y Argote en el 450 aniversario de su nacimiento. También a Juan Bernier Luque, magnífico poeta cordobés y uno de los miembros fundadores del grupo Cántico y de la revista del mismo nombre.

No quiero terminar sin compartir con vosotros un momento emocionalmente intenso que viví anoche. Dos amigos de mis hijos, Fran y Marta,  participaban en el apartado Noctámbulos de Cosmopoética  y nos invitaban  al Jazz Café donde Fran leería algunos de sus poemas con el telón de fondo de un video elaborado por Marta.

 La sorpresa que motivó la emoción de la que os hablo es que Fran, en un acto de generosidad y amistad sin límites, antes de comenzar la lectura de sus poemas se dirigió a los presentes, aparte de para introducir su lectura, para expresar que ese acto, tanto él como Marta lo dedicaban al recuerdo y memoria de su amigo, nuestro hijo Sergio, hasta ese punto presente en sus vidas después de cuatro años, definiéndolo como alguien genial, generoso, buen amigo, un poco Peter Pan y eterno adolescente. Dos de sus  poemas, además, tenían a mi hijo como protagonista.

Por una vez, el recuerdo no me inundó de tristeza, sino del legítimo orgullo que da saber que dejó huella en los muchos amigos que allí se encontraban. Un abrazo agradecido a Fran y a Marta, que se sorprendieron por mi presencia, ya que no me habían visto hasta que terminó el acto,  puso término a unos momentos que recordaré siempre.  

Si estais interesados en saber más de esa cita poética anual, el vínculo de cosmopoética es :